El curioso caso del benjamín bruto

Contextos

La historia de las personas en el actual Occidente capitalista parece estar encauzada, al menos en sus líneas generales. Nacemos de una manera dolorosa, crecemos con el rigor de la disciplina familiar y escolar, conocemos el rechazo y los cráteres de pus en la pubertad, empezamos a disfrutar de ciertas ventajas tras acabar la educación obligatoria, imponemos una especie de dictadura en casa durante la adolescencia, nos sentimos afortunados con el esperado primer empleo, nos encanta la posibilidad de poder tirar nuestro propio dinero en un centro comercial, convivimos alegremente con otras personas, nos emocionamos cuando procreamos, vamos olvidando todo lo malo del pasado gracias a la senilidad y morimos apaciblemente en nuestra cama, rodeados de medicamentos, un vaso de agua sobre un tapete, babas en la almohada y paz. Salvo accidente, asesinato o enfermedad grave, el devenir del común de los mortales va mejorando con la edad. Es ley de vida. Aunque no una ley inmutable, por lo visto.

Resulta que esa progresión de lo malo a lo bueno no se da en el caso del benjamín bruto, un posible perfil psicosocial que presentan algunos niños nacidos a finales de los ochenta. Su evolución hacia la felicidad no es tal, más bien deberíamos hablar de una involución. Frente al modelo habitual que hemos comentado arriba, el nacimiento del benjamín bruto fue de lo más placentero, entre miles de peluches y demás bobadas. En su cálido hogar, disfrutó de un continuo «sí a todo, mi niño» por parte de unos abuelos encargados del pequeño de 8.30 a 20.30 (hay que descontar las horas escolares, muy útiles para cocinar, planchar, lavar y limpiar lo que el resto de la familia no tenía tiempo de hacer). En la escuela siempre tuvo a los progenitores de su parte y entre los tres consiguieron mandar al psicólogo y/o al traumatólogo a varios docentes. Finalmente, la pubertad también le resultó de lo más generosa, ya que tuvo en su mano todo tipo de artilugios electrónicos y pasta gansa para gastar los findes. Este cúmulo de constantes en la vida del benjamín, le convirtieron en un niñato bruto, muy bruto, tanto por su habitual grosería típica de los malcriados, como por su poca perspicacia. Vamos, que además de borde, era notoriamente lerdo.

Sin embargo, como las tardes que se fastidian por una tormenta repentina, su estatus se rompió bruscamente. La alegría familiar fue sustituida por una insistente exigencia de sus padres para que trabajara. Unos padres que dejaron de ser enrollados cuando el benjamín cumplió los treinta, sin más afición conocida que la de trotar de fiesta en fiesta y sin haber pisado un centro de estudios o empleo desde hacía ya una década. Pasó por el aro con lo de trabajar, pero como todo puede ir a peor, no le sirvió de nada romperse los cuernos y un par de vértebras para mantener su empleo cuasimileurista. La impotencia le embargó al descubrir que con los jefes no sirve el pataleo que años atrás utilizaba en casa: ellos sí te pueden dejar en la calle. Y el amargo punto final ocurrió cuando se percató de que le resultaba económicamente imposible hasta tintar las lunas de su coche, algo que le llevó a una depresión de la que nunca ha salido. Si te interesa conocer mejor al pequeño bruto (en la actualidad, Señor Bruto), puedes encontrarlo los sábados por la tarde en el aparcamiento de algún McDonald´s, junto a otros especímenes similares, lanzando vasos, restos de hamburguesa y decibelios por la ventanilla del buga. Como si el tiempo se hubiese detenido en ese pasado feliz donde todo era posible con un buen grito.

Curioso caso el del benjamín bruto… Dicho así, suena como el título de aquella película en la que el protagonista también vivía su vida al revés. Sin embargo, me temo que no hablamos de lo mismo y, desgraciadamente, todo lo que he contado aquí es casi casi real.

Cualquier parecido con la ficción es pura coincidencia.

12 comentarios en “El curioso caso del benjamín bruto

  1. Hoy he descubierto persuasiones, de la manera más anecdótica posible, quizás por eso me esté gustando todavía más…
    Me gusta el estilo de narración, cómo suceden las descripciones a lo largo del texto, y aún más el cierre que le das a este curisoso caso…
    Escribir para revivir…Mi necesidad.
    Martín!
    Me ha encantado encontrarme con persuasiones!

  2. Gracias, Merylovers, muchas gracias.

    En el pasado reciente, cambié el blog como 20 veinte veces, y lo maté y resucité al menos en tres ocasiones. Soy tremendamente pudoroso y me da «cosa» esto de tener un blog. Sin embargo, el cuerpo me pide escribir de vez en cuando y para animarme a seguir, prefiero airearlo.

    El hecho de que alguien a quien no conozco aparezca por estos lares y me comente lo que acabas de teclear, bien vale la verguenza que paso cada vez que le doy al botón de «publicar».

    Un millón de gracias. Espero que vuelvas.

  3. Hola,
    Buen punto, aunque como todo en la vida, podría ser peor, como los nacidos después de los 80: Toda en la vida se lo han dado ya hecho, así que todo les parece superfacil, y cuando les llega el turno, salen al mundo pecando de exceso de «putoamismo». Es entonces cuando cuando chocan con la realidad, y concluyen que la culpa es de los demás (y tal vez lo sea).
    El problema es que, junto con los modales, tampoco les han inculcado la displicina mental y el autocontrol. Así nos va…

  4. Gracias por pasarte, Josu.

    Tienes razón, aunque quiero matizar que estamos hablando de estereotipos. Por supuesto que no me refiero a todos los nacidos en tal o cual año, sino a un grupo. No quiero caer en ese error tan típico de menospreciar a todos los que son más jóvenes que nosotros.

    Dicho lo anterior, creo que el número de individuos perteneciente a los grupos que comentamos es demasiado alto.

    ¡Muchas gracias!

  5. «En el fondo todos tenemos la misma edad, solo que unos antes que otros» (la pongo entre comillas porque no es mía).
    Bien puntualizado que hablamos siempre en términos estadísticos. Se habla de la mayoría, y no de la totalidad.

    Ya aprovecho para desearte un marikrismas.

  6. Jo, es que a veces cuando nos reunimos los treinta/cuarentañeros me siento como un viejo cascarrabias. ¡Y yo no soy así! (sólo soy cascarrabias).

    Lo mismo para ti. ¡Felices merricrines! 🙂

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